Leyendas del Oeste: indios

Aunque podría parecerlo, mito y leyenda no son la misma cosa. El mito es atemporal y se alimenta exclusivamente de invención, mientras que la leyenda se fundamenta en la historia, aunque deformada por una narración que pone los acentos en ciertos fenómenos sobrenaturales. Y esta leyenda de indios del Oeste comienza como un mito: el del buen salvaje.

El concepto del buen salvaje proviene de un arquetipo que arraigó en la literatura y el arte europeos desde la Edad Media. Cristóbal Colón, en sus diarios del primer viaje americano, definió a los indígenas como «la mejor gente del mundo y la más mansa», pueblos primitivos sin contaminar por la codicia. Esa imagen arcádica fue defendida a continuación por otros importantes pensadores, como fray Bartolomé de las Casas o Michel de Montaigne, este último se refiere en sus Ensayos a las naciones salvajes que «están aún muy cerca de la inocencia original», en un mundo feliz que colma sobradamente sus necesidades, y concluye, «No está mal todo esto, mas ¡no llevan calzas!». Pero las bondades de la vida natural de los salvajes fueron formuladas, con su correspondiente sostén teórico, durante la Ilustración. Gracias a los testimonios de los misioneros jesuitas y, sobre todo, a Jean-Jacques Rousseau, en Europa caló durante el siglo XVIII una visión indigenista proclive a considerar los valores de las culturas «salvajes», que fueron refrendadas más tarde, en el siglo XIX, por los autores románticos, asociando esas virtudes con el medio natural en que se desarrollaban. Los indios eran buenos en tanto que salvajes.

Théodore de Bry, Colón recibe regalos de los indígenas, grabado de 1592. BnF

Este estereotipo obedece a una ambivalente y hegemónica mirada colonialista: desde Colón, los indios (designados así por un error geográfico del genovés) han sido tomados tanto por «buenos» –nobles, libres, sencillos, en armonía con la naturaleza– como por «salvajes» –incivilizados, inmorales, feroces e ingobernables–. Durante su proceso de independencia, Estados Unidos se apropió de esa noción del buenismo salvaje como instrumento contra el dominio británico, identificando su patriotismo con los valores libertarios de los indios. Pero aquella convivencia armónica duró poco, pues ambas culturas tenían intereses contrapuestos. El comienzo de una política gubernamental de exterminio indígena se produjo a partir de la década de 1830, cuando el gobierno norteamericano planteó soluciones drásticas al problema de la colonización de los nuevos territorios fronterizos (desde la abyecta creación por el presidente Andrew Jackson –cuya efigie aparece hoy en los billetes de 20 $– de un territorio indio, el Indian Removal Act de 1830). Así, se pasó del paternalista gusto por el exótico pintoresquismo indio a la desconfianza por una amenazadora otredad, sin solución de continuidad, de la simpatía al miedo. El indio, considerado bueno cuando accedía mansamente a vender porciones de sus tierras, acabó convertido en un estorbo para la expansión modernizadora cuando no facilitaba las cosas, y esa resistencia hizo de las disputas un casus belli. Prevaleciendo en la leyenda, frente al pacífico mito del buen salvaje, la brutalidad de unos pieles rojas vestidos únicamente con pinturas de guerra y cuyo afán era arrancar el mayor número posible de cabelleras a los rostros pálidos.

Pero resulta que aquellos temibles salvajes tenían una rica cultura basada en tradiciones milenarias y un sobrenatural (mítico) apego a la tierra. Un patrimonio basado en la tradición oral, en las narraciones legendarias inspiradas por la naturaleza, pues todo lo que alcanzaba la vista de los indios formaba parte de su civilización. Los animales eran venerados como divinidades, y aunque los cazaban, todo se aprovechaba, utilizaban sus pieles para vestirse, los huesos como herramientas y su carne para alimentarse; de igual modo que las plantas que cultivaban servían tanto como alimento o tinte para sus mantas. Se trataba de un estilo de vida determinado por el animismo, religión basada en la idea de un universo en el que todo tiene espíritu; animales, plantas, árboles, rocas, etc. Esta creencia intenta explicar tanto los fenómenos naturales, las tormentas tonantes, por ejemplo, como los accidentes geográficos, tales como montañas, cuevas o ríos, todo ello poseedor de alma o espíritu. Y los indios, en sus fiestas y ceremonias, trataban de ganarse el favor de estas divinidades.

Según Karl Bodmer, Interior de la cabaña de un jefe mandan, 1839-1843, Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Las Grandes Llanuras, esa extensión de tierra y cielo aparentemente infinita, era una región rica en recursos naturales, por cuyas praderas vagaban enormes manadas de bisontes. A lo largo de los siglos, las tribus se habían establecido en aldeas agrícolas junto a los ríos, pero con la introducción del caballo por los europeos la vida nómada prosperó. La historia de los indios de las llanuras se basa en la supervivencia y en la adaptación. Del sedentarismo evolucionaron al nomadismo, lo cual determinó aún más su austeridad espartana y definió su cultura artística. En general, los indios poseían unos pocos objetos, tanto de uso diario como ceremonial, pero todo ello con un profundo significado social y religioso. Los bisontes proporcionaban la carne y los materiales para hacer tipis, ropa, herramientas y armas, y los caballos permitieron una gran solvencia en cuanto a movilidad, caza y actividad comercial. En ausencia de la lengua escrita, estos pueblos se expresaban en gran medida a través de un arte utilitario, ceremonial y profundamente simbólico, revelando información sobre los ritos sagrados de la tribu, las batallas libradas o el estatus del propietario dentro del clan. Además, el arte nativo americano, basado en la sencillez de los materiales, era tremendamente efectista y poseía una humilde belleza práctica, con ornamentaciones a base de diseños geométricos repetidos generación tras generación. Dentro de cada tribu, cada clan familiar usaba sus propios motivos. Se trataba, por decirlo de algún modo, de un arte de artesanos, que pretendía una belleza natural en cerámicas, cestos, pinturas de arena, mocasines o tallas de madera.

Muñeca kachina hopi. Museo Nacional de Antropología, Madrid

La guerra se convirtió en parte consustancial de la vida del indio. Las tribus se enfrentaban entre sí constantemente por los mejores cotos de caza o por rivalidades ancestrales. Pero fueron los estadounidenses, los hombres blancos, quienes representaron una mayor amenaza a su forma de vida. De todas las leyendas sobre los nativos americanos en el Oeste, las más populares son las que tienen que ver con los cruentos sucesos acaecidos durante las llamadas «guerras indias», y más concretamente en el lapso de treinta años que va de 1860 a 1890, en que los indios sufrieron una inusitada violencia. Pero más que a guerras, hemos de referirnos a una serie de escaramuzas por el control del territorio fronterizo. De un lado, el legítimo gobierno de los Estados Unidos, con su apabullante aparato armamentístico a punto (no obstante, en ese periodo Estados Unidos libró una guerra civil), y del otro lado los salvajes, mejor adaptados al territorio y dispuestos a no claudicar sin luchar con todas sus fuerzas. Ninguna tribu se libró de aquel conflicto.

Ya en 1851, los indios de las llanuras, cheyenes, arapajos, siux y crows se habían reunido en Fort Laramie con representantes gubernamentales. El resultado de aquellas conversaciones derivó en el establecimiento en territorio indio de una serie de puestos militares, a cambio de preservar la paz entre las dos culturas y la inviolabilidad de ciertos territorios por parte del hombre blanco. A pesar de ello, el pacto fue incumplido repetidamente por los estadounidenses a causa de la fiebre del oro, ya que miles de mineros no sólo cruzaban esos territorios en dirección oeste, sino que llegaron a fundar sus propias ciudades, como Denver City.

Las emboscadas y sabotajes de los siux eran respondidos con ejemplares condenas y el traslado forzoso a las reservas, como Crow Creek (1862), en terrenos estériles y con una caza prácticamente inexistente. En 1864, el coronel Chivington, autor de la infausta frase «de las liendres salen los piojos», refiriéndose a la necesidad de acabar con todos los indios, perpetró una matanza contra los indefensos cheyenes y arapajos acampados en Sand Creek (Colorado), entre ellos cientos de mujeres, ancianos y niños (o liendres), lo que prendió la mecha belicista entre los poderosos siux, aliados históricos de los cheyenes, que guerrearon exitosamente al hombre blanco, capitaneados por Nube Roja y con la ayuda del joven Caballo Loco, en el territorio del río Powder (Wyoming y Montana). De aquella insólita victoria india resultó la firma del tratado de Fort Laramie en 1868, que garantizaba a los siux el control de las Black Hills –territorio sagrado indio– y derechos sobre la tierra y la caza en Dakota del Sur, Wyoming y Montana.

Tratado de Fort Laramie (1868). Fotografía de Alexander Gardner

Pero las escaramuzas entre indios y norteamericanos continuaron. El mismo año en que se firmó el tratado de paz de Laramie, y por orden del general Sheridan, el teniente coronel Custer arrasó el poblado cheyene de Cazo Negro y Nariz Romana, en la llamada masacre del Washita River, en la que de los 103 indios que murieron sólo diez eran guerreros. Arapajos, kiowas y comanches se unieron en la lucha contra Sheridan y su campaña de muerte contra los indios. Pero había poco que hacer contra aquella eficaz maquinaria militar, que además había incorporado en el campo de batalla los mortíferos rifles de repetición. Poco que hacer, salvo la resistencia.

En 1871 los apaches padecieron su propio castigo en Camp Grant (Arizona), en un ataque calificado por el presidente Grant como de «puro asesinato», a pesar de lo cual los autores salieron indemnes de cualquier represalia. Los indios eran confinados en reservas, y los que osaban desobedecer eran combatidos a fuego o condenados a errar por las praderas en busca de alguna manada de bisontes que llevarse a la boca, entonces escasas (entre 1872 y 1874 se acabó con 3.700.000 cabezas, un exterminio alentado por el gobierno para desgastar los recursos indígenas). Los soldados caían sobre los indios fugitivos y hambrientos desde todas las direcciones, Nelson Miles, McKenzie, William Price, Custer… militares cuya simple mención hacía estremecerse al más valeroso de los guerreros indios. Fueron años duros, penosos.

Joseph Henry Sharp, Montando el campamento, Little Big Horn, Montana, 1899-1912. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Pero el momento álgido de esta leyenda fue quizá la batalla de Little Bighorn, en 1876. Las tropas de Cabellos Largos Custer llevaban tiempo merodeando el territorio sagrado indio de las Black Hills (Paha Sapa), así como un millar de mineros atraídos por el rumor de enormes cantidades de oro en aquel lugar. El gobierno intentó infructuosamente pactar con Cola Moteada, Nube Roja, Toro Sentado y Caballo Loco, caudillos tribales, para lograr un acuerdo de explotación de las tierras. Ante la negativa de los indios a ceder las colinas, el ejército pasó a la ofensiva contra los siux hostiles, conminados a regresar a las reservas. Por parte de los estadounidenses, estaba a la cabeza el general Sheridan, héroe de la guerra civil, por parte de los indios, Caballo Loco, deseoso de medirse con los soldados usando sus propias tácticas. Un asentamiento de cerca de 10.000 indios –siux, cheyenes y arapajos– acampados junto al río Little Bighorn, la mayor concentración nunca antes vista, fue atacado por sorpresa por los militares, que no habían sabido medir el riesgo de aquella maniobra. El resultado, la muerte de Custer y la aniquilación de las cinco compañías del Séptimo de Caballería, de las que no quedó ni un soldado, la mayor derrota del ejército norteamericano en sus guerras contra los indios.


La humillación de Little Bighorn fue vengada con saña por el gobierno de Washington. Impermeable a las concesiones, el gobierno retiró a los indios el poder sobre los territorios del Powder y de las Black Hills, y el implacable general Sherman –autor del célebre War is Hell y cuyo segundo nombre, Tecumseh, era en origen un homenaje al homónimo guerrero shawnee– asumió el mando militar del territorio indio. En poco tiempo la guerra se recrudeció y las infernales condiciones en las reservas empeoraron. Y las Grandes Llanuras quedaron prácticamente libres de indios; modocs, nez percés, cheyenes, utes, arapajos, kiowas o comanches convertidos en un recuerdo legendario de otros tiempos. La resistencia armada había terminado y los únicos supervivientes que habían conseguido mantener su libertad no tuvieron más elección que el exilio, como Jerónimo en México o Toro Sentado en Canadá. El punto final a esta leyenda fue la matanza de Wounded Knee, en la reserva siux de Pine Ridge (Dakota del Sur), en 1890, cuando el Séptimo de Caballería aplastó a cañonazos un campamento rendido. Y es así como se cerró la frontera. Y la leyenda que comenzó como mito acabó en victoria final de la civilización sobre los pieles rojas, o en una salvaje infamia, según quién o cómo cuente esta historia.

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