Edo, capital del mundo flotante

En la segunda mitad del siglo XIX, Europa descubrió el arte japonés. Desde luego no fue esa la primera vez que las manifestaciones artísticas niponas se veían aquí, pues a través de comerciantes, viajeros y misioneros, los europeos habían tenido contacto con Japón en el XVI. Sin embargo, desde comienzos del siglo XVII y hasta las décadas de 1850-1860, el férreo gobierno militar de los shōgun cerró Japón a cualquier relación con el exterior, por lo que su reapertura comercial y cultural a Occidente, tras un siglo y medio de aislamiento, fue como una ventana abierta de par en par a un mundo nuevo. Las Exposiciones Universales, como las celebradas en Londres y París por aquellos años, y la llegada masiva de productos artísticos japoneses permitieron que, desde mediados del XIX, artistas y coleccionistas se dejaran seducir por un universo visual novedoso y fascinante, muy diferente del occidental y cuya imitación o asimilación abría nuevas perspectivas en el fatigado arte europeo, ansioso de renovaciones.

Pabellón de Japón en la Exposición Universal de París, 1878

Anuncio de la tienda Fantaisies Japonaises de Samuel Bing, en París

Como en todos los descubrimientos hubo una fascinación inmediata, directa, de consumo febril de lo recién llegado, de encumbramiento del hallazgo. Las estampas ukiyo-e (que significa «pintura del mundo flotante»), el tipo de obras de arte japonés más difundas en la Europa del XIX, mostraban formas y composiciones inauditas, inéditas e impensables para un arte, el occidental, que durante siglos había peleado y debatido con la leyes de la óptica y la perspectiva, con la luz para buscar el volumen y la tridimensionalidad, con el color para crear texturas, con los efectos atmosféricos para dotar de realidad a las imágenes pintadas. Los artistas occidentales, acostumbrados a los intercambios entre países de un mismo contexto cultural y ayunos de novedades, quedaron cautivados por una pintura de género que se había desarrollado sin influencias exteriores, con una personalidad estrictamente propia y que para la mirada occidental resultaba absolutamente sorprendente.

En el campo de las artes decorativas, el preciosismo en la ejecución y los acabados de las piezas, los motivos decorativos utilizados, las técnicas, como la laca urushi, supusieron idéntico shock.

El furor del descubrimiento llevó a pintores como Manet, Gauguin, Van Gogh, Toulouse-Lautrec a inspirarse en estas estampas para algunas de sus obras maestras. Y otros muchísimos artistas incorporaron a sus obras ecos más o menos intensos de esta ola de «japonismo», aunque fuera en pequeños detalles de sus composiciones: un cojín con bordados de inspiración oriental, un abanico, un libro de estampas, que dieran testimonio de, al menos, un retazo de esa potente influencia que Europa recibió con los brazos abiertos y que pronto se convirtió en una moda.

La avalancha «japonista» encumbró a los artistas del ukiyo-e como Hiroshige, Hokusai o Utamaro, que pasaron a ocupar un lugar de honor en la historia del arte contada desde el prisma eurocéntrico, en sus libros y museos, y los popularizó hasta tal punto que pocos serán los que no se hayan encontrado con algún producto de merchandising ilustrado con las imágenes más famosas de estos grabados.

Hokusai, La gran ola de Kanagawa, 1830-1833

Es muy significativo, sin embargo, que las estampas ukiyo-e con las que el arte japonés penetró en Europa no fueran, en su contexto original, un arte de élites, ni por sus creadores ni por sus clientes, sino una manifestación cultural de las clases populares, que se compraba a precios baratos y reflejaba entretenimientos casi vulgares. Su recepción coincide con un período en que la pintura occidental estaba bajando de sus pedestales, empezando a pisar las calles, adentrándose en la bohemia, la noche canalla, los teatros, los cabarets, los prostíbulos. Estaba empezando a mostrar ese «mundo flotante» que los grabados japoneses habían registrado durante siglo y medio, durante el período Edo (1603-1868).

Toulouse-Lautrec, Divan Japonais, 1892-1893

Picasso, Le Moulin de la Galette, 1900, Solomon R. Guggenheim Museum, Nueva York

Edo es el antiguo nombre de la ciudad de Tokio, cuya denominación actual, que significa «capital del este», fue establecida en 1868, tras el fin del shogunato y la restauración del emperador Meiji. Situada en la región de Kantō, Edo fue, durante el período histórico al que da nombre, la capital de facto de Japón. La oficial era Kioto, lugar de residencia del emperador, pero en esta etapa el poder real lo ejerció el shogunato (bakafu en japonés) Tokugawa, cuya sede estaba en el castillo-fortaleza de Edo, conquistado a finales del siglo XVI por Ieyasu Tokugawa, el primer shōgun de este clan. El shōgun era el máximo rango militar, concedido por el emperador e instituido en el siglo XII. Japón tuvo tres shogunatos o gobiernos militares a lo largo de su historia, el del período Edo fue el último, que ejercieron tres shōgun. En esas etapas el emperador, verdadero gobernante supremo del país, estuvo totalmente sometido al control y poder del shogunato, quien desempeñaba en la realidad el gobierno del país. El primer Tokugawa fue nombrado en 1603 y en 1615 había hecho efectivo su control sobre todo el país, fechas por tanto que se han considerado, ambas, como inicio del período Edo. En 1639, el bakafu blindó el país al extranjero.

En torno al castillo del shōgun, defendido por un complejo sistema de fosos y el río Sumida, se fue configurando la estructura urbana de Edo, con las residencias de los señores feudales (daimyō) en las zonas más próximas (se conservan hoy algunos jardines: http://www.okayama-korakuen.jp/english/history/index.html), templos, y barrios ocupados por samuráis, campesinos, artesanos y comerciantes que eran, por ese orden, los distintos integrantes de un rígido sistema de clases, basado en la lealtad y obediencia, de origen confucionista. Los daimyō estaban obligados a residir en años alternos en Edo y sus familias debían hacerlo de forma permanente. La instalación pues de la élite militar y social del país en esta segunda capital y el largo período de paz que supuso la etapa Edo estimuló el desarrollo de la ciudad, de la producción, el comercio y la cultura y las artes (arquitectura, escultura budista, pintura) y en apenas un siglo, a principios del XVIII, la población de Edo superaba el millón de habitantes. Era la ciudad más poblada del mundo, récord que el actual Tokio sigue ostentando, con unas cifras que asustan (hoy, esta megalópolis y su área metropolitana reúnen, en una de las zonas más densamente habitadas del planeta, a casi 38 millones de personas. En España hay 46 millones, en todo el país…), como lo hacían ya entonces. París tenía a mediados del siglo XVIII medio millón de ciudadanos, Londres entre 600 y 700.000 y Madrid en torno a 130.000. Edo era pues ya una «megaurbe» con una bulliciosa vida ciudadana, como muestran las Cien famosas vistas de Edo de Utagawa Hiroshige, a través de las que podemos hacer hoy un minucioso recorrido por las calles de la ciudad, en las distintas estaciones del año (https://www.brooklynmuseum.org/features/edo).

Plano de la antigua ciudad de Edo

Hiroshige, Estampa de la serie Cien famosas vistas de Edo, 1856-1858

Si Kioto, por la cercanía al emperador, había creado una cultura refinada y elitista, la de Edo tuvo un componente más mundano. Con el crecimiento económico de la ciudad, la clase más enriquecida fueron los artesanos y comerciantes (denominados en conjunto chōnin), curiosamente los que ocupaban el escalafón inferior de la sociedad. Pero ya entonces, como hoy y como siempre, el dinero mandaba y quienes lo tenían querían gastarlo. Así que esta clase urbana emergente, que fue configurando lo que denominaríamos una burguesía, desarrolló su propia cultura, hedonista, basada en el placer y el entretenimiento, despreocupada… un mundo flotante. Esta filosofía de vida, nacida en torno a los chōnin de Edo se convirtió en representativa de todo el período histórico de este nombre.

Este concepto (ukiyo en japonés: uki, flotante, yo, mundo) se tomó del budismo, en el que hacía referencia a la condición efímera y transitoria de la naturaleza, una idea pesimista que en el período Edo pasó a identificar la joie de vivre de los chōnin, que «flotaban» entre placeres y ocios sofisticados, fugaces y mundanos en teatros kabuki, casas de té y burdeles en los distritos más populares de la ciudad, como el de Yoshiwara que hoy denominaríamos, según un término importado de Estados Unidos, un barrio rojo. Ese fue el verdadero centro de la cultura urbana ukiyo, un lugar con una población de unos 10.000 habitantes, cerrado, rodeado por un foso y con sus accesos controlados. La rigidez confuciana de la sociedad se olvidaba al atravesar sus puertas, era un espacio de liberación para la población, una vía de escape que ofrecía entretenimientos sofisticados y vulgares, para las clases populares… y las altas.

Ese mundo cotidiano es el que los artistas retrataron en innumerables estampas, en la pintura del mundo flotante (ukiyo-e) y que también tuvo su propia literatura, en las novelas ukiyo-zōshi. No dejaban de ser temáticas costumbristas, de la vida diaria, como las que los pintores europeos encontrarían en los barrios bajos parisinos en las últimas décadas del siglo XIX. Los personajes que pueblan las obras de los artistas seducidos por la noche de Montmartre y Montparnasse, sus cabarets y su vida bohemia y casi siempre miserable, tienen un equivalente (desde luego no temporal) en los protagonistas de los grabados ukiyo-e, en tanto que forman parte de una cultura popular que ha encumbrado los entretenimientos más mundanos, mezclando manifestaciones artísticas de la alta cultura con el placer en sentido puro.

En las estampas japonesas del período Edo aparecen así las bijin o mujeres hermosas, las seductoras cortesanas de Yoshiwara, exaltadas como iconos de belleza, inalcanzables y deseables, ataviadas con exquisitas ropas, bien diferenciadas de las prostitutas comunes. Junto a ellas, los actores del teatro kabuki, caracterizados como sus personajes más célebres, con sus elaborados trajes y maquillajes, protagonizan otro género muy cultivado y popular dentro del ukiyo-e. Se les muestra interpretando diversos papeles, masculinos y femeninos. La mirada occidental a veces se confunde, pero no debe haber duda, las mujeres no actúan en el teatro kabuki. Eran auténticas estrellas, admiradas, veneradas y envidiadas, y sus imágenes estampadas, consumidas con avidez por los aficionados.

Utamaro, La cortesana Hinakoto de la casa Hyōgo, c. 1795, Museo de Bellas Artes de Bilbao

Toyoharu, Vista de un teatro kabuki, Museum of Fine Arts, Boston

Asimismo, los temas tomados de la literatura tradicional japonesa más reverenciada como los Seis Poetas Inmortales (autores de la poesía clásica japonesa) conviven con las parodias y escenas cómicas protagonizadas por estos literatos, como la poetisa Ono no Komachi (c. 825-900).

Toyokuni, Komachi implorando lluvia, c. 1812, Museo de Bellas Artes de Bilbao

 

Vistas urbanas, con la inconfundible silueta del monte Fuji, paisajes, aves, flores, la lucha sumō, historias de samuráis y personajes mitológicos completan un listado en absoluto exhaustivo del inagotable repertorio de motivos abordados por la pintura del mundo flotante, que en el arte occidental llamaríamos de género.

La característica más definitoria del ukiyo-e, junto a su contenido, es su técnica. Se trata de xilografías, estampas realizadas a partir de una matriz de madera. En los inicios de la producción del grabado Edo eran imágenes trabajadas exclusivamente con tinta negra, que pronto comenzaron a colorearse a mano y que posteriormente pasaron a ser estampadas en numerosos colores a partir de la propia matriz (https://www.youtube.com/watch?v=t8uF3PZ3KGQ). Era pues una producción artesanal, en la que estaban implicados muchos artífices: dibujantes, grabadores, editores…, y que resultaba rápida y barata, muy adecuada al destino popular que estas estampas tenían.

Kunisada, Artesanos, de una serie de parodia de las Cuatro Clases Sociales, 1857

Pero no por ello debemos pensar que se trata de un arte menor o simple. Las estampas más lujosas, editadas con ocasión de conmemoraciones diversas, denominadas surimono, testimonian una búsqueda de una calidad diferenciada, de un arte más elaborado y sofisticado. Aunque no son las únicas, hasta las estampas más sencillas parecen a nuestros ojos occidentales (que han visto la obra de auténticos maestros del grabado como Durero, Rembrandt o Goya) dignas de admiración, por su delicadeza, sencillez, preciosismo, por la búsqueda de una belleza esencial más allá de las formas, que el arte europeo no había descubierto aun cuando los ukiyo-e llegaron masivamente a manos de sus artistas y que por ello resultó tan fascinante.

Y continúa siéndolo hoy. Indudablemente nuestro universo visual es infinitamente más amplio que el de nuestros antepasados del siglo XIX pero, para muchos, Japón y su cultura representan aún un mundo por descubrir. En el Museo Carmen Thyssen hemos querido invitar a nuestros visitantes a hacerlo a través de veinticuatro grabados ukiyo-e, veintiséis objetos de artes decorativas y dos armas que uno de nuestros más generosos y habituales colaboradores, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, nos han cedido en préstamo para esta exposición.

Excepto la katana y la daga, que pertenecen a una colección particular actual cuya propietaria ha participado también con entusiasmo en esta muestra, el resto de piezas formaron parte en su día de la colección de arte oriental reunida por el diletante de origen uruguayo José Palacio. En las primeras décadas del siglo XX, Palacio, afincado en Bilbao, compró en París centenares de piezas con las que conformó una selecta colección que tras su muerte sería donada al Museo de Bellas Artes de Bilbao y de la que hemos querido compartir una pequeña selección con ustedes.

Para los que hemos estado entre bastidores adentrarse en el mundo del arte japonés ha sido una experiencia única, ¡y nos hemos quedado con ganas de más! Ahora les toca a ustedes disfrutarlo, hasta el 23 de abril.

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