Matisse: piedra, papel y tijera

«Dibujar con tijeras. Recortar desgarrando los colores me recuerda la talla directa de los escultores. Este libro [Jazz] ha sido concebido en ese espíritu.»
Henri Matisse

Cuando uno se propone conocer más a fondo algún artista o período creativo en particular, es frecuente verse atrapado por estereotipos históricamente aceptados y dar por buenas e irrefutables las tesis que otros han formulado. Son los lugares comunes de los que nadie escapa –ni siquiera los propios museos– para el estudio y la presentación de los artistas. En ese afán simplificador, se tiende a constreñir el trabajo del artista en compartimentos estancos y a analizar sus creaciones como meros accidentes aislados, ajenos a la contaminación de otras corrientes o a determinados aspectos de su biografía. Así, lo «comercial» es mostrar a Matisse como el maestro del color y el arabesco, de la pintura lírica y decorativa, el fundador de la vanguardia amable y la alegría de vivir. Bla, bla, bla.

Piedra

La escultura, la más pura manifestación de la forma en el espacio, es quizá la primera gran vocación artística de Matisse. Y quién lo diría a la vista de su imponente obra pictórica. Durante sus primeros pasos como artista, en 1899, cuando aún su creatividad no tiene un destino definido, Matisse asiste a las sesiones vespertinas de escultura en la École de la Ville de Paris y trabaja durante varios meses con el alumno favorito de Rodin, Antoine Bourdelle, en la Académie de la Grande Chaumière.

Como escultor, centra su interés en el modelado de figuras –fundamentalmente desnudos– en pequeño formato, que le sirven para el estudio del cuerpo humano y la experimentación mediante formas que luego aplicará a su pintura. Sus años más productivos en el modelado, entre 1906 y 1909, son los inmediatamente anteriores a su reconocimiento público como gran maestro de la pintura moderna.

Henri Matisse y La Serpentine, otoño de 1909. Fotografía de Edward Steichen

Además de la influencia clásica, la copia académica y la ascendencia de Rodin, su obra se nutre de posados que toma de fotografías. Y pese a su escasa experiencia en un medio tan especializado y técnico, demuestra tener madera de escultor, haciendo gala de un estilo original y mucho carácter. La modernidad de su obra escultórica, creo que no suficientemente valorada por la crítica, se advierte en un cierto gusto por las maneras primitivas –Matisse comienza a estudiar la escultura africana en 1906– y en la aspereza del modelado, que produce una impresión de abocetamiento. Obras sin precisión anatómica, pero con una poderosa capacidad evocativa.

La escultura permite al artista una constante investigación en torno a la línea, el volumen y el movimiento de la forma en las figuras estáticas, algo definitivo para su obra pictórica. Matisse se centra casi exclusivamente en la tensión del posado, en la disposición forzada y serpenteante del desnudo en el espacio; más en la expresividad compositiva que en el desenlace monumental propio de la estatuaria. Porque la escultura le sirve, sobre todo, para resolver problemas plásticos en su pintura y para poner en orden sus ideas. Para Matisse, esculpir es organizar.

1.El taller de Picasso en Boisgeloup, 1932. Fotografía de Brassaï 2.Henri Matisse, Jeannette (V), verano de 1916. Bronce

Matisse, que se enfrenta directamente a la materia sin apenas detenerse en los trabajos preparatorios, busca denodadamente en la escultura la simplicidad orgánica y la expresión, algo común a su obra en otros soportes. Con apenas ochenta piezas realizadas, de ellas sesenta y pico en bronce, resulta descabellado considerarle escultor, de hecho, él mismo reconoce con modestia que esculpe como un pintor. Sin embargo, tan deficiente no será su trabajo en el medio cuando sirve de inspiración a otros escultores; sin ir más lejos a Picasso, pues existen evidentes coincidencias entre la serie Jeannette de cinco cabezas de Matisse (1910-1914) y las posteriores cabezas de mujer picassianas realizadas en Boisgeloup (Marie-Thérèse Walter). Picasso siempre vampiriza a los más grandes.

Papel

En un magnífico ensayo titulado La base de toda la pintura y la escultura es el dibujo, sostiene John Berger que «para el artista dibujar es descubrir», ya que el acto de dibujar exige al artista no sólo escudriñar el motivo, sino recomponerlo en su imaginación. Así, el esfuerzo en el dibujo se recompensa con una revelación, con la manifestación de una verdad oculta en la forma.

Matisse fue siempre un entusiasta del dibujo. Desde aquella convalecencia juvenil por una apendicitis en la que su madre le regala una caja de pinturas para entretenerse, hasta esa otra grave convalecencia del artista septuagenario durante la Segunda Guerra Mundial que lo deja postrado, exánime, en una silla de ruedas. Dibujar le convierte primero en artista y finalmente le salva la vida, o al menos le da una vida extra.

Pese a las adversidades (la guerra, la enfermedad), la década de 1940 supone un período de plenitud artística para Matisse, un momento decisivo en que confluyen su talento para el dibujo y el color. El artista se refugia en Vence, en la villa de Le Rêve, desde 1943, pintando series de mujeres en interiores y exuberantes bodegones y motivos florales. Entonces el dibujo y el grabado se convierten en la expresión más pura de su emoción. Y su estilo, apoyado en el dominio de la línea, se acerca más a la síntesis y alcanza una dimensión espiritual desconocida.

Henri Matisse, Nu assis, jambes croisées (II), 1941-1942. Linograbado

Exprime Matisse las posibilidades del dibujo, de la línea, en variaciones casi abstractas. Con una pasmosa habilidad, transforma los motivos en un imbricado juego de arabescos y reduce las formas a su mínima expresión, a la esencia. En esa etapa se produce, según sus propias palabras, una «floración» del dibujo, a carboncillo, pluma o lápiz, y dibujos realizados con pincel y tinta china, estéticamente emparentados con los del arte oriental. Y, consciente de la importancia del asunto, publica entonces una obra de referencia, Dessins: Thèmes et variations (1943), que contiene más de 150 reproducciones de sus dibujos.

Asimismo, el artista acomete una ingente producción de grabados e ilustraciones para libros, como Parsiphaé de Henry de Montherlant, Florilège des amours de Ronsard, Poèmes de Charles de Orléans o Les Fleurs du mal de Baudelaire. Se explaya con el uso de puntas secas, aguafuertes, aguatintas, monotipos, litografías, linograbados… Matisse experimenta todas las técnicas de estampación, multiplicando las investigaciones en torno a un tema principal: la figura femenina.

Henri Matisse, Patitcha souriante, 1947. Aguatinta

En este ambiente tan poco propicio para la creatividad y el optimismo (son los años de la ocupación alemana de Francia), el vetusto artista encuentra las fuerzas para avanzar en la exploración de una obra flamante en la que, paradójicamente, el color negro se convierte en su mejor aliado. Para los impresionistas y para gran parte de los pintores postimpresionistas, el negro no forma parte de su paleta, pero de entre todos los artistas de vanguardia, es quizá Matisse quien logra sacarle mayor partido, incluso durante su período fauve. En estos dibujos y grabados de los años cuarenta es donde mejor se aprecia su visión del negro puro como color de luz, no de oscuridad. Según sus propias palabras, «el negro en la pintura es como el bajo, un instrumento que apuntala la orquesta».

Y tijera

Matisse el «resucitado», tal como se refieren a él las enfermeras, halla el método de expresión más radical de su carrera en esta última fase de su vida. La revelación definitiva: «dibujar con tijeras».

Fascinado por La symphonie cromatique, una litografía que el artista diseña para la cubierta de la revista Verve y compuesta en origen mediante un collage de colores sobre un fondo oscuro, el editor Tériade le propone en 1940 hacer un libro «sobre el color Matisse». Aquel libro, Jazz, ve la luz siete años más tarde.

Henri Matisse, La symphonie cromatique. Litografía para la cubierta de Verve, n.º 8, septiembre-noviembre de 1940

Jazz es un libro de artista espectacular, el más matissiano de todos cuantos realiza. Una especie de calidoscopio formado por colores planos sobre un fondo sonoro rítmico que acompaña y resalta las improvisaciones cromáticas. Las ilustraciones de Jazz, inspiradas en el circo, los viajes y los cuentos populares, pintadas con gouache, recortadas y combinadas armónicamente, son puro «ritmo y significado». Y el texto, con caligrafía del propio Matisse, recoge observaciones y notas de su experiencia como artista.

Aquellos papeles pintados con aguada y recortados (gouaches découpées), una técnica que no es nueva para él, pues ya en los años treinta hace uso de los recortables para crear La Danse (Barnes Foundation), ofrecen una potencialidad estética inaudita cuando se convierten en un fin. Una vez articuladas las formas, en perfecta combinación, los humildes papeles adquieren una dignidad propia de las grandes obras de arte.

El modo de componer las imágenes responde a las propias limitaciones físicas del artista. Matisse recorta con tijeras los motivos en hojas de papel previamente pintadas a la aguada por sus colaboradores, después los agrupa en la composición deseada y, siguiendo las instrucciones del artista, los colaboradores clavan los papeles en las paredes del estudio. Se trata de un método muy lento, que requiere de grandes dosis de paciencia y destreza, cientos de combinaciones cromáticas y constantes cambios de posición de los motivos. Matisse demuestra con estas obras una fuerza de voluntad y un vigor impropios de su edad y condición. Y su obra alcanza las más altas cotas de síntesis e intensidad, en el límite de la abstracción. Como una premonición del arte que está por llegar.

Henri Matisse, Ícaro, ilustración n.º 8 del libro Jazz, 1947. Pochoir

Matisse es un excelso pintor, pero lo que le convierte en un auténtico monstruo del arte es su capacidad de mutar en maestro de diferentes disciplinas, como antes lo hicieron Michelangelo, Durero, Bernini, Rembrandt, Blake, Goya o Degas, o como lo hará el propio Picasso en tiempos de Matisse. Todos ellos son, en el más amplio sentido de la palabra, artistas. Para para dar rienda suelta a su enorme torrente creativo no atienden a etiquetas o modas, ni existen para ellos fronteras que les esté vedado traspasar. Y su ambición les impele de forma natural a la creación de obras de arte total, como Jazz, que concita el talento del pintor, del escultor, del dibujante, del calígrafo, del ilustrador y del músico –el propio Matisse era un melómano y un virtuoso del violín–, un poco a la manera de la gesamtkunstwerk wagneriana en versión siglo XX. Jazz no es la obra de un artista impedido y senil, no es un epílogo de la pintura matissiana, sino una piedra angular del arte contemporáneo a cargo de un genio en plenitud de facultades. Jazz es el feliz resultado de una vida dedicada al arte, una sinfonía de colores brillantes que funciona gracias al concienzudo estudio de forma, síntesis y composición. Piedra, papel y tijera. Porque Matisse no es sólo color. Ni es sólo pintura.

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