Postales desde el paraíso: Maillol «el griego»

Visto con cierta distancia, no resulta muy disparatado afirmar que conocer al conde Harry Kessler es el episodio más determinante en el éxito artístico de Aristide Maillol. El encuentro con el que será su mecenas, narrado por Kessler en su diario, tiene lugar en agosto de 1904. Acude el noble alemán –definido por el poeta W.H. Auden como «el hombre más cosmopolita que he conocido nunca»– al estudio del escultor en Marly-le-Roi, a las afueras de París, donde se encuentra con «un campesino con los cabellos sin cortar desde hacía tiempo» que apenas se interesa por conocer el nombre de su interlocutor y que se presenta a sí mismo como Maillol, a secas. Sin embargo, enseguida congenian y fluye la conversación. Kessler se entusiasma con un boceto, una figura femenina agachada, que le llama la atención por el arabesco de las líneas y su concisa síntesis, y le anima a realizar esa escultura –la célebre Mediterráneo– a tamaño natural. Hablan también de la posibilidad de ilustrar las Bucólicas de Virgilio para un proyecto editorial que tiene en mente. Continue reading

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Viajar desde el sofá (o el museo)

Viajar desde un butacón de nuestro salón no es un placer moderno que le debamos a la invención de los canales temáticos de televisión. En realidad, los antecedentes de esta gozosa práctica del turismo mental se remontan a la antigüedad, en la que podemos citar como ejemplo la celebérrima Descripción de Grecia de Pausanias, del siglo II de nuestra era, que se ha venido considerando la primera guía de viajes de la historia, en la que su autor acumula noticias de monumentos, datos históricos, descripciones, leyendas y anécdotas que convierten las páginas de su periplo en una experiencia extraordinaria, incluso para un lector contemporáneo. Continue reading

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Postales desde el paraíso: Joaquim Mir se asoma al abismo

A finales del siglo XIX, los pintores más jóvenes de Barcelona se pasan el día recorriendo los suburbios buscando temas modernos para sus lienzos, porque anteriormente la sordidez allí no la había representado nadie en todo su esplendor. En los bajos fondos de la ciudad, la otra Barcelona, coinciden Opisso, Casagemas, Picasso y la troupe de la Colla del Safrà (grupo del azafrán), denominación que alude a las tonalidades amarillo cadmio de sus creaciones: Mir, Nonell, Canals, Pichot o Vallmitjana, que se conocen de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona (La Llotja). Por la noche alternan todos ellos con sus hermanos mayores de la bohemia oficial en la taberna Els Quatre Gats, donde gobierna el triunvirato chic del arte modernista: Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Miquel Utrillo.

Joaquim Mir, La catedral de los pobres, 1898. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito gratuito en el MNAC

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Postales desde el paraíso: Von Gloeden y sus efebos sicilianos

En 1878, un rico barón alemán de 22 años, Wilhelm von Gloeden, encuentra su paraíso particular en la cálida y muy mediterránea Sicilia. Procedente de un sanatorio del Báltico donde trata de curase la tuberculosis, y animado por Otto Geleng, un pintor de paisajes amigo de la familia afincado en Taormina, en la que ejerce como alcalde, Von Gloeden se topa allí con una experiencia estética radical, «un universo adecuado para mí y que podría llegar a ser completamente mío […] una “Acrópolis de la belleza”».

El joven, que ha cursado estudios de historia del arte y pintura en Berlín y Weimar, y que se siente atraído por las civilizaciones antiguas, descubre su verdadera vocación artística en el campo de la fotografía. Disciplina con la que se familiariza junto a Giuseppe Bruno, un fotógrafo local especializado en paisajes y monumentos, y en Nápoles con su primo Wilhelm Plüschow, avezado autor de un tipo de fotografía que tiene en el desnudo de adolescentes su principal motivo (tendrá que abandonar Italia para siempre a principios del XX acusado de corrupción de menores y ultraje a la moral pública).

Wilhelm von Gloeden disfrazado de árabe, c. 1890

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Postales desde el paraíso: Fortuny pinta para sí mismo

Mariano Fortuny, el artista español con mayor proyección internacional de su tiempo, comienza su andadura como un paria, recorriendo a pie los más de 100 km de orilla mediterránea que separan su Reus natal de Barcelona. Huérfano de padre y madre, es su abuelo Mariano, un artista frustrado, quien acompaña al chico de 14 años a cumplir su sueño de convertirse en pintor. Enseguida, en la Escuela de artes y oficios de la Lonja, el nazareno Claudio Lorenzale, discípulo de Overbeck, advierte el potencial del joven, animándole a completar su formación artística en Roma. Gana una pensión y con 20 años, en 1858, se planta en la Ciudad Eterna.

Roma, la otrora estación del Grand Tour, a mediados del siglo XIX sigue conservando su encanto para los artistas foráneos. Y es en aquel «enorme cementerio visitado por extranjeros», en palabras de Fortuny a su abuelo, donde comienza a desarrollar su inmenso talento creativo –como pintor, dibujante, acuarelista y aguafortista–, en el ámbito de las academias, en la Francesa de Villa Medici por el día y en la cercana Academia Gigi por la noche, familiarizándose con la copia rigurosa y el arte de la antigüedad y confraternizando con otros artistas jóvenes. También en las tertulias del Caffè Greco y en los aledaños de la Via Margutta, verdadera fábrica de arte de lujo para connoisseurs, donde se ubican los mejores estudios de pintores, anticuarios y tiendas de artesanía para ‘guiris’.

Mariano Fortuny, Idilio, 1868. Acuarela. Museo Nacional del Prado

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Postales desde el paraíso: Goethe se convierte en artista

El 3 septiembre de 1786 Johann Wolfgang von Goethe inicia su viaje a Italia, que se prolongará hasta abril de 1788, y con el que pretende «ver y descubrir con mis propios ojos todo aquello que se considera bello, grandioso y venerable». Así, «a las tres de la madrugada salí de Karlsbad [actual Karlovy Vary, ciudad balneario de Bohemia] a hurtadillas, porque de otro modo no me hubieran dejado partir». Goethe tiene entonces 37 años y es el principal representante del pujante movimiento Sturm und Drang, gracias al éxito de su novela epistolar Las penas del joven Werther (1774), que pone de moda entre la atolondrada muchachada europea, por imitación del pintor protagonista del libro, el suicidio y un atuendo que combina frac azul y chaleco amarillo.

Goethe, Autorretrato (?) en el estudio de Frankfurt, c. 1773-1775

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Cinco claves para valorar la exposición “Gustave Doré, viajero por Andalucía”

1.- Gustave Doré, nacido en Estrasburgo, es uno de los grabadores más importantes de todos los tiempos. Su trabajo como ilustrador incluye algunas de las obras maestras de la literatura universal, como la Biblia, La Divina Comedia de Dante, La tempestad de William Shakespeare o El Cuervo de Edgar Allan Poe. Además, ilustró El Quijote de Miguel de Cervantes en 1863. Su producción es el resultado de una mente especialmente imaginativa, fecunda y original.

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Siete claves para apreciar “Mediterráneo. Una Arcadia reinventada. De Signac a Picasso”

1.- Es un proyecto de producción propia del Museo Carmen Thyssen. Durante sus siete años de historia el Museo ha formado un grupo de trabajo de nivel científico y académico capaz de llevar a cabo proyectos expositivos de trascendencia internacional,  que ofrece una alternativa singularizada en la ciudad.

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De botellas, cilindros y viceversa

En la superabundancia de datos estadísticos en que vivimos, que informan puntual (y seguro que falazmente) del tanto por ciento en que se sitúan nuestras preocupaciones, opiniones, recursos y casi nuestro destino vital, me dio por pensar si alguien se habría tomado la molestia de convertir en porcentaje el número de obras que los cubistas dedicaron a las figuras y a las naturalezas muertas. El dato sería, a todas luces, inservible para la humanidad, pero no dejaría de dar forma (o no) a una percepción que quizá muchos compartan, de que las segundas predominaron sobre las primeras.

Y es que, visto desde fuera, el repertorio iconográfico del cubismo parece constar casi exclusivamente de mesas con objetos cotidianos y sencillos, como vasos, botellas, fruteros, periódicos, naipes, y algunos otros más sugerentes, como guitarras o violines. Tiene sentido pensar, a priori, que los procesos de geometrización, fragmentación y multiplicación de planos que, en términos muy generales, definieron el movimiento, encuentran su campo ideal de aplicación en elementos inertes, susceptibles de (y uso aquí un ejemplo citado por Juan Gris) convertir una botella en un cilindro, si hablamos del cubismo inicial de Picasso y Braque que, derivado de las experiencias de Cézanne, deconstruye lo real; o un cilindro en una botella, si nos referimos al cubismo que genera lo real a partir de las formas puras, como en el caso de Gris y los protagonistas del segundo momento del movimiento, que se desarrolla a partir de mediados de la década de 1910.

Picasso, Naturaleza muerta. Guitarra, periódico, copa y as de trébol, 1914. Musée Picasso, París

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