Formada por una selección de treinta y dos obras, esta exposición viene a confirmar la querencia que el pintor Mariano Fortuny y Marsal (Reus, 1838 – Roma, 1874) tuvo por la práctica del dibujo; una disciplina con la que siempre mantuvo una relación idílica. El vínculo le permitió encauzar sus pulsiones más íntimas y le sirvió para exorcizar sus fantasmas interiores. No en vano, se transformó en un territorio en el que encontró el refugio necesario para poder trabajar con plena libertad, sin sentirse atrapado por las condiciones del mercado artístico o por los gustos estéticos de una clientela poco amante de dar cobertura a aventuras experimentales como las que él emprendió.

Las primeras ideas artísticas, lo que podríamos llamar la raíz del arte, encontraron en el papel, como soporte expresivo, el mejor cómplice para descubrir una creatividad distinta a la que formó parte de su lenguaje pictórico. En este sentido, los dibujos seleccionados nos aproximan a un artista valiente, disruptivo, atrevido y que rompe con muchos de los estereotipos que han moldeado su fortuna crítica. Las composiciones nos desvelan un imaginario fecundo, capaz de abordar los retos compositivos más difíciles y hacerlo con contrastada solvencia. Sin embargo, su aportación supera la mera capacitación técnica o el aprendizaje artesanal y nos trasmiten sensaciones, emociones; en una palabra, una belleza deslumbrante que despierta la admiración de los espectadores.

La fantasía, la imaginación son aspectos que actúan como palancas e impulsan al autor en la búsqueda de nuevos escenarios estéticos que, al mismo tiempo, le permitan divertirse de una forma lúdica, sin complejos y sin ataduras. Precisamente, con el dibujo Fortuny pone en práctica la posibilidad de disfrutar de la experiencia artística, de no sentirse constreñido, ni condicionado, por la finalidad comercial que lastra buena parte de su trabajo pictórico. Del mismo modo, en algunas de las composiciones, además de ejemplificar la fuerza de un talento descomunal, emerge un elemento inquietante y que ha pasado muy inadvertido por parte de los especialistas. Nos referimos a la existencia de una gran cantidad de obras inacabadas que nos acercan a un creador con un alto nivel de exigencia; una exigencia, convertida en vulnerabilidad, que muchas veces acabó transformándose en una incapacidad para poder cristalizar la idea artística. Sin embargo, este hecho, lejos de ser interpretado como una debilidad, debería de ser leído como una fortaleza, porque actuó como un auténtico revulsivo que le ayudó a no abandonarse en la autocomplacencia o en la resignación acomodaticia.
Por otro lado, algunas de estas producciones incorporan nuevos prismas de valoración de su obra, vienen a desmontar determinados tópicos y al tratarse de un repertorio visual, temático y técnico muy variado, ponen en valor el lugar canónico que Fortuny ocupa en la historia del dibujo y su fundamental aportación para convertir una herramienta instrumental, al servicio de la pintura, en una finalidad en sí misma.
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Francesc Quílez, comisario del Año Fortuny