Postales desde el paraíso: Joaquim Mir se asoma al abismo

A finales del siglo XIX, los pintores más jóvenes de Barcelona se pasan el día recorriendo los suburbios buscando temas modernos para sus lienzos, porque anteriormente la sordidez allí no la había representado nadie en todo su esplendor. En los bajos fondos de la ciudad, la otra Barcelona, coinciden Opisso, Casagemas, Picasso y la troupe de la Colla del Safrà (grupo del azafrán), denominación que alude a las tonalidades amarillo cadmio de sus creaciones: Mir, Nonell, Canals, Pichot o Vallmitjana, que se conocen de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona (La Llotja). Por la noche alternan todos ellos con sus hermanos mayores de la bohemia oficial en la taberna Els Quatre Gats, donde gobierna el triunvirato chic del arte modernista: Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Miquel Utrillo.

Joaquim Mir, La catedral de los pobres, 1898. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito gratuito en el MNAC

Joaquim Mir, afanado en una pintura de paisaje de temática suburbial, pero de gran sensibilidad luminista, será el único del grupo que no realice el pertinente viaje iniciático a París, en esa especie de nuevo Grand Tour del arte contemporáneo. Mir es un verso libre al que le interesan poco las modas y las grandes urbes. Y cuando, ante la imposibilidad de lograr la beca para continuar sus estudios en Roma, decida embarcarse con Rusiñol en un viaje a Mallorca, su destino cambiará para siempre.

Es el año 1900 y ha llovido mucho desde aquel romántico Invierno en Mallorca que pasaron Chopin y George Sand en la isla, libro que contribuyó a mitificarla como destino primitivo y exótico. La Mallorca preturística, con una economía basada en el ámbito rural, es entonces un paraje virgen muy atractivo para los pintores. Antes de que Rusiñol se aficionase a pasar temporadas en Mallorca –es él quien inventa el sobrenombre de la «isla de la calma»–, sus posibilidades estéticas habían sido exploradas por los dos principales paisajistas españoles de XIX, Carlos de Haes y Ramón Martí Alsina, como en adelante harán lo propio Eliseu Meifrèn, Alexandre de Riquer o Anglada-Camarasa.

Pablo Picasso, Joaquim Mir, 1900. Metropolitan Museum, Nueva York

Una vez en Mallorca, Joaquim Mir se instala en un llogaret (aldea) de Sa Calobra y comienza una vida de anacoreta: su paraíso es un paisaje agreste abierto al mar. Toma distancia con Rusiñol y se entrega a un frenesí colorista: «¡Qué cosa, Santiago! ¡Qué locura de colores! ¡Están todos! Todos los de la paleta». Y guarda celosamente los lugares que descubre en sus campañas pictóricas por la sierra de Tramuntana porque quiere que aquellos parajes sean sólo suyos.

El encuentro con la naturaleza salvaje del Mediterráneo despierta en Mir el entusiasmo por una pintura de paisaje menos convencional y definitoria de su nuevo estilo personal. Un paisajismo plein air, profundamente simbólico y onírico –a la manera del pintor belga, también recién llegado a la isla, Degouve de Nuncques–. Una pintura, en cierto sentido musical, que pretende captar los efectos lumínicos mediante un color arrebatado, que aplica en pinceladas largas y nerviosas.

Al desarrollo pictórico de Mir contribuye un mecenazgo inédito en el arte español del momento, ya que su tío Avel·lí Trinxet, próspero industrial textil, financia su campaña mallorquina mediante una paga mensual a cambio de cuadros, de modo que puede dedicarse únicamente a pintar. Y durante aquellos años acepta además el encargo de dos importantes conjuntos ornamentales: la decoración para su tío de la Casa Trinxet de Barcelona, obra de Puig i Cadafalch, y, gracias a la intercesión de Rusiñol, los grandes cuadros para el comedor del Gran Hotel de Palma, edificio modernista proyectado por Domènech i Montaner.

Mir no para, acarrea sus grandes lienzos por los lugares más recónditos de la sierra y pinta como un poseso, día y noche. Su estilo evoluciona a marchas forzadas, de unas primeras obras de un carácter naturalista a un paisajismo más intrépido en el uso de la luz y el color, como se observa en El abismo, de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, una de las obras maestras de su periplo mallorquín que el artista conservó siempre. Realizada en la sierra de Tramuntana, presenta una vista en picado desde el Torrent de Pareis, una garganta profunda y estrecha que se abre al mar turquesa de la Costa Brava mallorquina.

Joaquim Mir, El abismo. Mallorca, c. 1901-1904. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La mayor audacia de este paisaje marino claustrofóbico y vertiginoso, sin apenas horizonte, y que ofrece una perspectiva insólita (para realizarla se encarama a los riscos), es quizá la tendencia que muestra a la abstracción (la bordea sin tocarla). Se trata de una pintura abisal, que transmite una desbocada emoción panteísta ante la naturaleza mediterránea, y donde prima la verticalidad, en el asunto tratado y en el inusual formato del lienzo para una pintura de paisaje. Y se trata, por último, de una obra muy interesante, que revela tanto el eclecticismo estilístico de su autor –impresionista en la técnica pictórica y simbolista (a la manera de los nabis) en el uso subjetivista del color–, como su convulso estado anímico.

Mir crea sus composiciones mediante manchas yuxtapuestas de colores vivos. Y se muestra entonces extremadamente sensible a las variedades tonales. En palabras de Francesc Miralles, el mayor experto en su obra: «jugaba con los colores complementarios y potenciaba su intensidad. Ésta es la clave de la fuerza cromática de la pintura de Mir y la herramienta que le permitió estructurar su obra a partir del color, y no de la forma, dotando de alma sus paisajes». Cabría preguntarse –al menos yo lo hago– si Mir es un artista con visión tetracromática, es decir, con la capacidad para percibir el color con mucha mayor profundidad que el resto de personas, e incluso si podría tratarse de un artista sinestésico, para quien el color es algo más que un mero estímulo visual.

Joaquim Mir, La Vita, c. 1911. Boceto del vitral La Vita para la Casa Trinxet. Gouache sobre cartón. Colección particular

En efecto, Mir en Mallorca se transforma en un colorista feroz, en un visionario que se anticipa a la experiencia colorista más radical del arte parisino de vanguardia: el fauvismo (inaugurado oficialmente en el Salon d’Automne de 1905). Pero el verdadero mérito de Mir es que él llega de forma intuitiva y autónoma, sin apenas referencias externas, lo cual le convierte con mayor motivo en un auténtico salvaje.

El final de la experiencia mallorquina de Mir contribuye a proyectar su leyenda de artista maldito. En 1904, Mir se despeña desde el acantilado del Torrent de Pareis tantas veces pintado. Se especula con un intento de suicidio o con que algún lugareño lo empuja al vacío por celos, pero la verdad es que pasa dos días prácticamente muerto. Milagrosamente logra salvar su vida y es ingresado en un sanatorio mental de Reus, donde se recuperará. De este modo, se inicia el relato del pintor que enloquece por un delirio colorista, y aunque su actividad pictórica se prolonga durante muchos años y alcanza un notable reconocimiento oficial –pese a su carácter cada vez más anodino y repetitivo–, ninguna pintura de paisaje de su tiempo puede compararse con este (extraño) destello de genialidad de Mir en el breve lapso que pasa en Mallorca como pintor del Mediterráneo.

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