Confinados, los surrealistas juegan a las cartas

Con la ocupación de París por los nazis, el 14 de junio de 1940, comenzó la huida hacia el exilio de numerosos artistas e intelectuales, franceses o afincados en la ciudad, que en los años anteriores habían animado en la entonces capital mundial del arte moderno una efervescente vida cultural, suspendida, como la cotidianeidad del resto de los parisinos, durante los cuatro largos años que duró la dominación alemana, hasta la noche del 24 de agosto de 1944.

La única vía de salida de Francia estaba entonces en el puerto de Marsella, situado en la llamada “zona libre”, desde donde muchos grandes nombres del arte del siglo XX se despedirían, temporal o definitivamente, del país en el que habían alumbrado sus revolucionarias propuestas creativas, sometido entonces por la sinrazón del autoritarismo y la deslealtad del colaboracionismo.

Pero partir no era fácil y sí muy lento; se necesitaban papeles y dinero para el pasaje en barco que se tardaba en conseguir, más o menos tiempo en función de los recursos, contactos y suerte de cada uno. Entre los numerosos refugiados en Marsella a la espera de su oportunidad para emigrar hacia la libertad y con sus movimientos limitados, un grupo de surrealistas, encabezados como desde la primera vez, desde aquel lejano manifiesto del movimiento de 1924, como siempre, por André Breton, aplaca el tedio, la inquietud y el desasosiego jugando.

La villa Air-Bel, en el distrito de la Pomme, a las afueras de la ciudad, en la que están alojados algunos de ellos, y un bistró del Vieux Port, “Au brûleur de loups” son sus lugares de encuentro, en los que su creatividad será una tabla de salvación, una forma de fingir normalidad, de dar continuidad a su vida parisina de tertulias, intercambios artísticos y trabajo, justo en las vísperas de un cambio radical de escenario que les llevará al otro lado del Atlántico.

Desmovilizado desde el 1 de agosto, el primero en llegar es el propio Breton, junto a su esposa, la pintora Jacqueline Lamba y la hija de ambos, en octubre de 1940. Como ocurrirá con el resto de los protagonistas de esta historia, el facilitador de su camino al exilio fue el periodista americano Varian Fry, responsable del Emergency Rescue Committee (o en francés, el Comité américain de secours aux intellectuels), una organización fundada en Nueva York tras la caída de Francia por varios intelectuales, comprometida con sacar de la Francia ocupada una representación significativa de su intelligentsia y que contó con el apoyo del entorno presidencial y de grandes fortunas neoyorkinas.

Fry, reconocido a posteriori como un “héroe de la resistencia”, se instala en Marsella en agosto del 40, con una lista de doscientos nombres para comenzar la labor de rescate, en la que acabaría ayudando a dos mil personas. Como centro de operaciones, alquila una villa algo desvencijada en las afueras, con dieciocho habitaciones y unos espectaculares jardines (https://villaairbel1940.fr/le-film-3d/), en los que alojará como residentes y recibirá como visitantes, entre otros, al propio Breton, Max Ernst, Wifredo Lam, Victor Brauner, Jacques Hérold, André Masson, Marcel Duchamp, Tristan Tzara, los españoles Óscar Domínguez y Remedios Varo, el esposo de ésta, Benjamin Péret, René Char, Jacques Lipchitz, Roberto Matta y Jean Arp. Un impresionante elenco de la vanguardia parisina, ahora desplazada, aunque, al menos durante el tiempo de espera compartido en Marsella entre finales de 1940 y comienzos del año siguiente, no todavía desintegrada.

Los refugiados en la villa Air-Bel

En la villa, separada de la ciudad por un trayecto de treinta minutos en tranvía, o en el café del puerto, estos artistas, amenazados en una Francia ocupada por su condición de judíos, comunistas o extranjeros, tratan de entretener sus horas apoyados en su espíritu creativo. Como recordaría muchos años después el pintor Jacques Hérold, “jugábamos hasta el infinito, todos los días y todo el tiempo, en Air-Bel o en el café del Brûleur de Loups, con un vaso de vino blanco. Entonces, ¿jugamos?, decía Breton, y había que jugar. Pero el juego podía venir de cualquiera”.

Animados por Breton, realizan cadáveres exquisitos, collages con recortes de viejas revistas, juegan a una especie de charada con imágenes, consistente en adivinar al personaje escondido tras un retrato adornado con objetos inventados, organizan exposiciones colgando las obras en los árboles de la finca, parodian una subasta de arte, componen varios dibujos colectivos e incluso inventan una nueva baraja de cartas.

De estos “jeux de Marseille” quedan hoy como testimonios fotografías, de la peculiar pandilla entregada a sus diversiones en Air-Bel, dibujos realizados a varias manos y el juego de naipes, una curiosa “actualización” de la iconografía y significado de la baraja tradicional francesa.

En los dibujos colectivos (Musée Cantini, Centre Pompidou), una especie de collages conformados por una cuadrícula con varias casillas, los artistas participantes, como Breton, Brauner, Lam, Domínguez, Hérold y Lamba, despliegan todo un fascinante y divertido repertorio surrealista de máscaras, animales fantásticos, figuras imposibles, conchas marinas, edificios y objetos extraídos de la fecunda imaginación y de la exploración del reverso de lo real que alimentó la obra de todos estos pintores.

Dibujos colectivos, Musée Cantini, Marsella

En los naipes, compuestos por Breton, Brauner, Domínguez, Ernst, Hérold, Lam, Lamba y Masson, a razón de dos cartas por artista, a instancias de Breton (que ya en julio de 1929 había inventado un nuevo tablero de la oca con Yves Tanguy en una estancia en la Île de Sein, en Bretaña), cambian figuras (que en la baraja francesa tienen nombres de personajes históricos) y palos. Como explicaría él mismo en 1943 desde Nueva York, en la revista VVV, rey, reina y as se convierten en Genio, Sirena y Mago, eliminan al “valet” (la sota), y rombos, picas, corazones y tréboles pasan a ser sustituidos por los emblemas de las “cuatro preocupaciones modernas”: llama (para el amor), una estrella negra (sueño), una rueda ensangrentada (revolución) y una cerradura (conocimiento). Entre los personajes identificados como genios, sirenas y magos escogen nombres como Paracelso, Freud, Pancho Villa, Sade, Baudelaire o el Padre Ubu, de la obra teatral Ubu rey, de Alfred Jarry (1896), que fascinó a los surrealistas (http://rocbo.lautre.net/jeu_mars/).

Naipes del Juego de Marsella, por Ernst, Domínguez y Brauner

Tras las imágenes y las obras que quedaron como recuerdo de aquella experiencia, tras la diversión y los juegos, y la dedicación al arte como remedio contra la angustia, la situación no debió de ser en absoluto fácil. En la tensa espera estaba siempre presente el miedo a la detención, a no poder llegar a cumplir el ansiado deseo de abandonar el país. Así, en diciembre del 40, en una redada en la villa, motivada por las medidas de seguridad tomadas ante una inminente visita del mariscal Pétain a Marsella, sus ocupantes fueron detenidos y encerrados durante cuatro días en un barco atracado en el puerto. Breton fue calificado de “anarquista peligroso buscado desde hacía mucho tiempo por la policía francesa”. Gracias de nuevo a Fry pudo recuperar la libertad y continuar en Air-Bel, el “Château Espère-Visa”, como lo bautizó Hérold.

Por fin, en marzo de 1941 Breton, junto a Lam, Claude Lévi-Strauss y Victor Serge, parte de Marsella a bordo del Capitaine Paul Lemerle, rumbo a Martinica y, finalmente, a Nueva York, a donde llegaría en junio de ese año.

Breton a bordo del Paul Lemerle

Tras la marcha de Breton, Max Ernst, cuya carpeta de frottages Historia natural (1925) expusimos el año pasado en nuestra Sala Noble (https://www.carmenthyssenmalaga.org/exposicion/max-ernst), aún permanecería atrapado en Marsella durante unos meses, instalado en Air-Bel. Su situación personal era especialmente compleja. Con la experiencia de una guerra a sus espaldas, pues había sido movilizado como artillero en la primera contienda mundial, apátrida desde que le fuera retirada la nacionalidad alemana en 1933 al ser declarado enemigo del Reich, y considerado un artista “degenerado” en la exposición de 1937 que bajo ese lema habían organizado los nazis, había estado prisionero en dos ocasiones en el campo de reagrupamiento “des Milles”, a pocos kilómetros de Marsella, entre septiembre y noviembre de 1939 y de abril a junio de 1940. En el primero de esos encierros, en compañía de Hans Bellmer, había conseguido hacer algún dibujo (se atribuyen seis obras a este período) y uno a medias con su compañero, aunque como él mismo escribía en noviembre del 39 a la galerista Jeanne Bucher, “no trabajo aquí, lo he intentado pero la cosa no va”.

Ernst, Apátridas, 1939 (col. particular)
Bellmer y Ernst, Les créatures de l’imaginaire, 1939 (col. particular)

Tras su liberación, por mediación de Varian Fry, recaló en Marsella y se integró en la vida suspendida en el impasse de la espera de visados de la villa Air-Bel y el café del puerto. Fue entonces cuando conoció a la millonaria coleccionista y socialité americana Peggy Guggenheim y cuando comenzó su turbulenta relación sentimental. Previa intervención de Alfred Barr, director del MoMA, desde Nueva York, Ernst consiguió un visado y el 1 de mayo de 1941, dos años después de su primer arresto por su condición de extranjero “indeseable”, logró pasar a España. En la frontera, un guardia de aduanas revisó su equipaje, en el que llevaba enrollados varios lienzos. Por casualidad, o por invención posterior, resultó ser un admirador de sus obras y le franqueó el paso. Finalmente partiría a Nueva York desde Lisboa, donde se reencontró con Leonora Carrington, con quien había vivido una intensa historia de amor que, con la reclusión de Ernst en el campo des Milles, había llevado a la pintora a una crisis mental y a su encierro temporal en un sanatorio en Santander. El 13 de julio viaja ya hacia la Gran Manzana, donde se casará con Peggy cinco meses después.

Aunque su aventura común, iniciada en 1924, se había ido transformando en caminos de exploración personales, el confinamiento en Marsella ofreció a los surrealistas un último momento de comunidad creativa, antes de la diáspora del exilio. Lejos de Francia, o de nuevo en casa tras el fin de la guerra, las carreras de algunos alcanzarían su madurez, las de otros cambiarían de rumbo y las de otros se interrumpirían. Nada queda hoy de la villa Air-Bel, demolida en los años ochenta, pero para la posteridad, aquel encuentro marsellés tiene el aura de lo mítico, del que emana ese poder taumatúrgico del arte para hacer frente a la adversidad, cuando parece que se cierran todas las demás salidas.

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