Programa educativo 2021-2022

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El Cómo

Programar actividades educativas y culturales podría compararse a coreografiar una danza en la que, si bien los giros efectistas de los cuántos aportan una brillantez que asegura la permanencia en cartel de la obra, los silencios y sutilezas de los cómos, igualmente apreciados, o más, hilvanan el sentido de lo que ahí sucede, la otra dramaturgia, la estructura profunda, lo que garantizará la permanencia, no en cartel, sino en el recuerdo de las personas involucradas.

¿Qué queremos decir cuando decimos que queremos… que queremos que nuestras acciones tengan incidencia en la vida de las personas?

Tantas veces, los imperativos de la eficacia y sus tiempos, nos juegan en contra, y no tenemos la oportunidad de investigar lo suficiente, de escuchar lo necesario, de reflexionar desde la calma.

Acudimos a expertos en las materias para que nos asesoren, pero no siempre funciona. Por lo mismo: nuestros tiempos, sus tiempos, los tiempos del acuerdo, los tiempos de la difusión, las convocatorias, las inscripciones y ubicaciones en calendario y espacio; todos esos tiempos, considerados y analizados en una tabla de Excel para evitar colisiones, con la mejor de las intenciones y emocionalmente apoyados, cargan, finalmente, con la prisa de la productividad.

Una productividad con una unidad de medida ya mencionada, los cuántos: Cuánto público, cuántas apariciones en medios, cuántas impresiones online, cuántos likes, cuántas interacciones, cuánto prestigio, cuántos objetivos, cuántos recursos humanos y materiales, cuánto esfuerzo, cuánto esfuerzo para… ¿cuánto retorno?

Pero existe otra unidad de medición, inviable en términos productivos, los cómos: cómo fue la acogida por parte de la institución, cómo se vivieron los procesos de creación y aprendizaje, cómo se dio la relación entre las personas participantes, incluidas las educadoras, cómo se desarrollaron las ideas y acciones propuestas o cómo fluyó la reflexión compartida en torno a ellas, por mencionar algunos.

Los cuántos, el tiempo de los productos, y los cómos, el tiempo de los procesos, deberían estar llamados a esa danza del equilibrio.

El dilema está en que nuestro paradigma de comportamiento (el que nos comporta) intenta suprimir, con todo su empuje y pericia, el tiempo de los procesos, y la presión es tan insostenible, a veces, que acabamos claudicando en el intento. Si somos conscientes y audaces, aún podremos incorporar herramientas creativas que nos sirvan para compensar el equilibrio en lo próximo. Si no, vaciaremos las palabras de sentido –museo social, crítico, inclusivo, colaborativo y un largo etcétera– y caeremos en el simulacro de lo que verdaderamente deseábamos poner en juego.

De pronto, la inédita situación pandémica nos brindó una pausa, con todas esas emociones difíciles que nos atravesaron –y que todavía seguimos gestionando–, pero abriendo un espacio posible para revisar aspectos fundamentales de nuestro trabajo.  Marina Garcés, en su libro Escuela de aprendices, se hace las preguntas sustanciales que hemos compartido en los últimos tiempos: “¿Qué queremos saber? ¿De quién y con quién podemos aprender lo esencial para vivir mejor? ¿Qué hábitos, valores y maneras de vivir queremos transmitir? ¿A quién y para qué? ¿Por qué podemos llegar a saber tantas cosas y en cambio no aprendemos lo que más necesitamos aprender? La pregunta clave, que ninguna sociedad se ha dejado nunca de repetir es: ¿cómo educar? Este cómo no se resuelve solamente con repuestas de procedimiento. Es el cómo de la ética, de la política y de la poética. Interroga y cuestiona los modos de hacer y las formas de vida. Preguntar cómo educar es preguntarnos cómo queremos vivir.”

De acuerdo con ella, cuando programamos acciones educativas y culturales estamos proponiendo, por tanto, maneras de vivir. Sí queremos incidir en la vida de las personas porque queremos que nuestra sociedad crezca en salud y felicidad. Sin creernos los “valedores” de nada ni nadie, pero conscientes de una responsabilidad que va más allá de conseguir que la obra se mantenga en cartel, nos repetimos la cuestión: ¿Cómo queremos vivir?

Necesitamos una conversación continua, abierta y respetuosa para empezar a responder a esta pregunta, con muchas implicaciones y salvedades, pero posiblemente, con un evidente acuerdo en lo que concierne a nuestras necesidades fundamentales como personas. Lo que necesitamos en esencia, diferente de lo que deseamos en la superficie, muy seguramente, nos permitiría conciliar posturas y ahondar en lo inconmensurable. ¿Podremos darnos el tiempo, pedirlo con honestidad, buscar la manera de ponernos a pensar colectivamente, activar nuestra reflexión crítica, nuestra creatividad y, sobre todo, nuestra capacidad de escucha?

Sin duda, éste es el reto que merecemos abordar. Y, además, merecemos hacerlo con todo el entusiasmo. Tal vez no podamos escapar del paradigma y no logremos resolver suficientemente los diferentes desequilibrios, en cada caso. No importa, podemos resistir, podemos perdurar y creer, crear, y crecer.

Eva Sanguino
Jefa de Educación

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